La escena se desarrolló en un estudio de televisión de Buenos Aires, bajo las luces intensas de la hora pico, donde el rating lo es todo y las palabras pesan como plomo. Javier Milei, el presidente de Argentina, se encontraba sentado en el sillón central, con su característico estilo desenfadado pero calculado, dispuesto a defender su gestión ante una de sus críticas más feroces: Myriam Bregman, diputada nacional por el Frente de Izquierda y de los Trabajadores – Unidad (FIT-U), conocida por su oratoria incisiva y su rechazo absoluto al modelo económico liberal que Milei representa.

La entrevista, transmitida en directo por un canal de amplia audiencia, comenzó con un tono aparentemente cordial, pero pronto escaló a territorio de confrontación abierta. Milei intentaba explicar los logros de su administración: la reducción de la inflación (que había bajado de niveles hiperinflacionarios a cifras más manejables), el superávit fiscal alcanzado a fuerza de recortes drásticos en el gasto público y la apertura al mercado internacional. Hablaba con esa mezcla de entusiasmo mesiánico y datos macroeconómicos que lo caracteriza, gesticulando con las manos y citando gráficos imaginarios en el aire.

Pero Bregman no había ido a escuchar un monólogo triunfalista. Desde el primer minuto, interrumpió con preguntas puntuales y duras: ¿por qué el ajuste recae siempre sobre los jubilados, los trabajadores estatales y las familias pobres mientras los grandes empresarios y el sector financiero salen indemnes? ¿Qué hay de las promesas de campaña sobre la “casta” cuando el propio gobierno parece blindar privilegios de sectores concentrados? Milei respondió con su habitual arsenal retórico: “el modelo keynesiano fracasó”, “el Estado ladrón”, “la libertad avanza”. Intentó desviar el foco hacia el pasado peronista y kirchnerista, pero Bregman no cedió terreno.

El momento clave llegó cuando el tema derivó hacia los gastos del Estado y, específicamente, hacia el estilo de vida del presidente y su entorno. Bregman sacó a relucir información que circulaba en redes y algunos medios alternativos: viajes lujosos, alquileres de yates en el exterior para “eventos privados” financiados presuntamente con fondos públicos o con aportes de empresarios cercanos, fiestas extravagantes en Miami o en la costa atlántica argentina que, según denuncias opositoras, involucraban sumas millonarias en un país donde millones luchan por llegar a fin de mes.
No eran acusaciones nuevas, pero Bregman las presentó con nombres, fechas y montos aproximados que habían sido ventilados en sesiones parlamentarias y en pedidos de informes.
“¿Cómo se atreve a hablar de austeridad cuando gasta millones en yates y fiestas mientras los jubilados cobran migajas?”, preguntó Bregman, elevando el tono. Milei intentó minimizar: “Eso es fake news, son operaciones de la casta, yo vivo con mi sueldo y mis perros”. Pero la diputada no aflojó. Citó testimonios de empleados de seguridad, facturas filtradas y hasta publicaciones en redes sociales de participantes en esas reuniones.
El presidente comenzó a inquietarse visiblemente: su pierna derecha empezó a moverse con nerviosismo, una sonrisa forzada se dibujó en su rostro mientras repetía frases como “yo no tengo nada que ocultar” y “esto es persecución política”.
Fue entonces cuando Bregman soltó la frase que detonó todo: “¡Codicioso, quién te crees para hablarme así!”. El estudio se congeló por un segundo. Milei, que hasta ese momento había mantenido un aire de superioridad, pareció descolocado. Sus ojos se abrieron más de lo habitual, su mandíbula se tensó y, según testigos presenciales y cámaras que captaron el plano, comenzó a temblar levemente, un temblor que él mismo intentó disimular cruzando los brazos y forzando una risa nerviosa.
“No soy codicioso, soy un liberal que defiende la propiedad privada…”, balbuceó, pero la frase sonó débil, casi inaudible entre el silencio repentino del moderador y el equipo técnico.
Bregman no se detuvo. Continuó con una catarata de argumentos: la hipocresía de un presidente que llegó al poder prometiendo dinamitar el Estado y terminar con los privilegios, pero que ahora parece disfrutar de los mismos lujos que criticaba en los anteriores gobiernos. “Usted habla de libertad, pero la libertad para quién: ¿para los que tienen yates o para los que no tienen para comer?”, remató. El público en el estudio, inicialmente dividido, comenzó a murmurar. Algunos aplaudieron tímidamente; otros, simpatizantes de Milei, silbaron.
Pero el aplauso creció cuando Bregman cerró su intervención: “La élite siempre se cree intocable, pero el pueblo está despertando”.
El moderador intentó recuperar el control, pero ya era tarde. Las redes sociales explotaron en cuestión de minutos. El hashtag #CodiciosoMilei trepó al primer puesto de tendencias en Argentina y en varios países de habla hispana. Clips del momento —el temblor, la sonrisa forzada, la frase lapidaria de Bregman— se viralizaron a una velocidad vertiginosa. Miles de usuarios compartieron memes, videos editados con música dramática y comparaciones con escenas de películas donde villanos son desenmascarados. La imagen de Milei, que durante meses había sido la de un outsider disruptivo, invencible ante las críticas, se resquebrajó en vivo y en directo.
¿Qué provocó exactamente este arrebato de ira de Bregman? No fue solo el tema de los yates o las fiestas —aunque esos elementos funcionaron como catalizador perfecto—. Fue la acumulación de meses de enfrentamientos: desde las sesiones en el Congreso donde el FIT-U denunció cada DNU y cada ley de ajuste, hasta las calles donde miles marcharon contra la Ley Bases, el RIGI y los recortes en educación y salud. Bregman representa a una izquierda que no negocia, que no se calla ante el discurso del “no hay plata” mientras ve cómo ciertos sectores acumulan fortunas.
Llamar “codicioso” a Milei no fue un insulto improvisado; fue la culminación de una crítica de clase profunda, un grito contra la desigualdad que, para muchos, resume el sentir de amplios sectores populares golpeados por la devaluación, la pérdida de poder adquisitivo y el desmantelamiento de derechos laborales.
Milei, por su parte, salió del estudio visiblemente afectado. En las horas siguientes, su equipo publicó comunicados negando cualquier irregularidad en los gastos mencionados y acusando a Bregman de “populismo barato” y “desestabilización”. Pero el daño estaba hecho. Encuestas rápidas de opinión mostraron una caída en su imagen positiva, especialmente entre sectores medios y jóvenes que lo habían apoyado en 2023 esperando un cambio radical, no una continuidad de privilegios con otro nombre.
Myriam Bregman, en cambio, se convirtió en trending topic global. Sus seguidores la celebraron como la única que “le plantó cara sin medias tintas”. En entrevistas posteriores, ella misma minimizó el aspecto personal: “No es sobre Milei como persona, es sobre un modelo que concentra riqueza en pocas manos mientras condena a la miseria a millones”. Pero nadie duda de que esa frase —“¡Codicioso, quién te crees para hablarme así!”— quedará grabada en la memoria colectiva argentina como un punto de inflexión en la era Milei.
El debate sobre la austeridad versus el lujo, sobre quién paga el costo del “ajuste” y quién se beneficia, no terminó esa noche. Al contrario: apenas comenzó. En un país acostumbrado a crisis recurrentes, donde la política es espectáculo y las palabras pueden derribar presidentes o catapultarlos al cielo, lo ocurrido en ese estudio de televisión fue mucho más que una entrevista tensa. Fue un espejo incómodo frente al que la sociedad argentina se miró y, por unos segundos, vio reflejada su propia bronca acumulada.