La victoria de Aryna Sabalenka ante Iva Jović en los cuartos de final del Australian Open 2026 debería haber sido celebrada únicamente por su nivel competitivo. Sin embargo, el partido dejó a la número uno del mundo en el centro de una inesperada ola de críticas. Comentarios duros, análisis exagerados y cuestionamientos a su actitud comenzaron a circular con rapidez. Fue entonces cuando una voz histórica del tenis decidió intervenir y cambiar por completo el rumbo de la conversación.
Roger Federer, sin estridencias ni provocaciones, salió públicamente en defensa de Sabalenka. Sus palabras fueron breves, firmes y cargadas de autoridad. “Ella no hizo nada mal. Sabalenka luchó con la grandeza de una verdadera campeona. Atacarla es una falta de respeto al tenis”, declaró. En cuestión de minutos, el ruido se transformó en silencio. Cuando Federer habla, el tenis escucha.
La reacción fue inmediata. Analistas, exjugadores y medios especializados comenzaron a replantear el enfoque crítico que había dominado las horas posteriores al partido. No hubo necesidad de un largo debate: la intervención de Federer funcionó como un punto final. Su respaldo no solo defendía a Sabalenka, sino que también recordaba los valores esenciales del deporte de alto nivel.

Dentro del entorno de Sabalenka, el impacto fue profundo. Según personas cercanas a su equipo, Aryna estaba al tanto de las críticas y las había sentido con fuerza. “No lo mostró públicamente, pero le dolió”, confesó una fuente interna. La presión de ser número uno, sumada a la exigencia constante, había hecho mella. Las palabras de Federer llegaron en el momento exacto.
Sabalenka no pudo ocultar su emoción cuando fue consultada horas después. Sin entrar en polémicas, su mirada y su tono lo dijeron todo. “Que alguien como Roger diga eso significa mucho”, habría comentado en privado. Para una jugadora que ha luchado durante años por ganarse respeto más allá de su potencia, ese respaldo fue un reconocimiento invaluable.
En la pista, el efecto fue evidente. En los entrenamientos posteriores, Sabalenka mostró una concentración distinta, más calma, más determinación. Sus golpes eran firmes, su lenguaje corporal seguro. Un miembro del staff técnico reveló: “Fue como si se quitara un peso de encima. Se sintió comprendida”. A veces, una sola voz puede equilibrar todo.
Las críticas iniciales, según varios expertos, tenían más que ver con expectativas que con hechos reales. Sabalenka había ganado, había competido y había demostrado carácter. Pero en el tenis moderno, cada gesto es analizado al extremo. Federer, con su intervención, puso el foco donde debía estar: en el rendimiento y en el respeto por quien compite al máximo nivel.
Exjugadores legendarios también reaccionaron. Algunos señalaron que Sabalenka enfrenta un escrutinio distinto por su estilo intenso y emocional. “Cuando eres expresiva, te juzgan más”, comentó una campeona retirada. La defensa de Federer sirvió también para abrir un debate más amplio sobre cómo se evalúa a las figuras femeninas en el tenis actual.
Desde el lado mediático, el cambio de tono fue claro. Programas que habían sido críticos adoptaron una postura más equilibrada. Columnistas que habían cuestionado a Sabalenka reconocieron que el análisis había sido excesivo. “Federer nos recordó algo básico: competir con pasión no es un error”, escribió un diario europeo al día siguiente.

Federer, fiel a su estilo, no volvió a hablar del tema. Según fuentes cercanas, no buscaba protagonismo ni polémica. “Lo dijo porque lo sentía”, explicó alguien de su entorno. Para él, defender el espíritu del tenis es una responsabilidad que trasciende generaciones. Y Sabalenka, en ese momento, representaba exactamente ese espíritu.
La propia Sabalenka encontró en ese respaldo una fuente de energía inesperada. Personas cercanas cuentan que mencionó la frase de Federer antes de un entrenamiento clave. “Me recordó por qué juego”, habría dicho. No como respuesta a las críticas, sino como reafirmación de su identidad como competidora.
El público también reaccionó. En las gradas del Australian Open, Sabalenka recibió un apoyo más cálido en su siguiente aparición. Aplausos más largos, menos murmullos, una atmósfera distinta. Muchos aficionados admitieron que las palabras de Federer influyeron en su percepción. “Si él lo dice, algo de razón tendrá”, comentaban.
Este episodio dejó al descubierto una verdad conocida pero a menudo olvidada: incluso las campeonas necesitan apoyo. No para ganar partidos, sino para sostenerse emocionalmente en un entorno que no perdona errores. Sabalenka, pese a su fortaleza física, es humana. Y Federer lo entendió mejor que nadie.

En el vestuario, otras jugadoras expresaron solidaridad. Algunas, en privado, agradecieron que alguien con tanto peso pusiera límites al juicio excesivo. “Hoy fue Aryna, mañana puede ser cualquiera”, comentó una tenista del top 10. El gesto de Federer fue visto como una defensa colectiva del respeto en el deporte.
De cara a las semifinales, Sabalenka se mostró serena. Sin discursos grandilocuentes, dejó que su tenis hablara. Sus golpes, su intensidad y su enfoque reflejaban una campeona reforzada, no por la ausencia de críticas, sino por la certeza de que su lucha es legítima.
Los expertos coinciden en que este momento podría marcar un punto de inflexión en el torneo. No solo para Sabalenka, sino para el clima general. “El tenis necesita menos ataques y más comprensión”, señaló un analista. Federer, una vez más, lo recordó sin levantar la voz.
En retrospectiva, la defensa de Federer no fue solo un gesto hacia Sabalenka. Fue un mensaje al tenis entero. Un recordatorio de que la grandeza no se mide solo en títulos, sino en la capacidad de reconocer el esfuerzo ajeno. Sabalenka, con su reacción y su rendimiento posterior, honró ese mensaje.
Al final, la imagen que queda es clara. Una campeona cuestionada, una leyenda que habla, y una jugadora que encuentra fuerza en el apoyo justo. En un deporte tan exigente como el tenis, esos momentos no se olvidan. Porque a veces, una frase dicha en el momento correcto puede ser tan decisiva como el golpe ganador más espectacular.