La tensión estalló de golpe cuando varios medios europeos publicaron titulares demoledores sobre Franco Colapinto, usando un tono que muchos calificaron de humillante. No fue una crítica técnica aislada, sino una avalancha de frases duras que cuestionaban su lugar en el automovilismo europeo. “No está listo”, “exceso de marketing”, “más ruido que resultados”, escribieron algunos columnistas. En cuestión de minutos, el nombre de Colapinto se convirtió en el epicentro de una tormenta mediática que nadie vio venir con tanta violencia.
Lo que más sorprendió no fue la crítica en sí, habitual en el deporte de alto nivel, sino la sincronización del ataque. Diferentes países, distintos medios, un mismo relato. En Reino Unido se habló de “presión que lo supera”, en Italia de “apuesta apresurada”, y en Francia de “piloto inflado por expectativas externas”. Para muchos observadores, la sensación fue clara: alguien había marcado el tono y otros lo siguieron sin frenos.
Desde el entorno de Colapinto, la reacción inicial fue de incredulidad. “No esperábamos algo así hoy”, confesó una fuente cercana. “Había análisis duros, sí, pero esto fue personal”. Según esta fuente, el piloto leyó algunos artículos y decidió parar. “Dijo que no le servía seguir leyendo si el objetivo era destruir y no analizar”. Esa frase, repetida internamente, revela el impacto emocional del ataque.

El secreto empezó a filtrarse horas después. Según personas con acceso a redacciones europeas, días antes hubo una reunión informal entre periodistas influyentes y representantes del paddock. No se habló directamente de Colapinto, pero sí de “casos que generan clics” y de la necesidad de “endurecer el discurso”. Un asistente presente lo resumió así: “Se habló de espectáculo, no de justicia deportiva”.
Un periodista español, que pidió anonimato, fue más directo. “Hubo presión por diferenciarse. Cuando uno pega fuerte, los demás no quieren quedarse atrás”. Esa lógica explica por qué algunas frases cruzaron límites éticos. En un artículo alemán, incluso se insinuó que Colapinto “no entiende la cultura europea del automovilismo”, una frase que desató indignación inmediata entre aficionados y expilotos.
La respuesta del paddock no tardó. Un ex corredor europeo salió en defensa del argentino: “Criticar errores es válido. Humillar a un joven talento es cobardía”. En televisión, otro fue más contundente: “A Colapinto se le exige como veterano y se le juzga como intruso”. Estas declaraciones equilibraron parcialmente el relato, pero el daño ya estaba hecho.
En privado, Colapinto habló con su equipo con una franqueza poco habitual. “No me duele que me critiquen”, habría dicho. “Me duele que me nieguen el derecho a aprender”. Esa frase se filtró y cambió el tono de algunos análisis posteriores. De repente, la discusión dejó de ser si rindió o no, para convertirse en cómo se construyen y destruyen carreras desde un teclado.

Las redes sociales amplificaron el conflicto. Mientras algunos usuarios europeos defendían la dureza como “parte del sistema”, miles de aficionados latinoamericanos denunciaron un trato desigual. “A otros se les permite fallar”, escribían. El hashtag en apoyo a Colapinto creció rápidamente, obligando a varios medios a matizar titulares y cambiar palabras como “fracaso” por “proceso”.
Otro detalle salió a la luz al final del día. Un directivo de equipo admitió off the record que Colapinto había recibido elogios internos tras la última competencia. “Su feedback técnico fue excelente”, dijo. “Eso no vende titulares”. Esta confesión dejó en evidencia la distancia entre el análisis real dentro del paddock y el relato externo que consume el público.
Incluso dentro de la prensa hubo autocrítica. Un editor francés publicó una nota posterior reconociendo que “el lenguaje utilizado no fue el adecuado”. Aunque no pidió disculpas directas, admitió que “la presión por impacto inmediato puede distorsionar el análisis”. Fue un gesto pequeño, pero significativo, en medio del ruido.
Mientras tanto, Colapinto optó por refugiarse en el trabajo. Entrenó más tarde de lo habitual y evitó cualquier declaración pública. “Mañana respondo en pista”, habría dicho a su círculo cercano. Esa actitud fue celebrada por quienes lo conocen. “Siempre fue así”, comentó un formador que lo acompañó en categorías menores. “Cuando lo atacan, se concentra”.

La polémica dejó una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿la prensa europea critica con la misma dureza a todos, o algunos deben demostrar el doble para ser aceptados? Un sociólogo deportivo consultado afirmó: “No es un complot, es un sesgo cultural inconsciente, pero igual de dañino”. Sus palabras resonaron fuerte en el debate nocturno.
Al caer la noche, varios medios bajaron el tono. Ya no hablaban de humillación, sino de presión y expectativas. Pero el episodio ya había marcado un antes y un después. Colapinto no solo fue criticado; fue puesto a prueba públicamente. Y la prensa, sin quererlo, también quedó expuesta.
En definitiva, lo ocurrido hoy no trata solo de Franco Colapinto. Trata del poder de la narrativa, de cómo una ola de palabras puede sacudir una carrera en formación. El talento del piloto sigue intacto. La pregunta es si el entorno aprenderá algo de esta “brutal” jornada, o si volverá a confundir análisis con demolición cuando aparezca el próximo nombre propio.