La sala de prensa de Melbourne estaba inusualmente silenciosa cuando Aryna Sabalenka apareció ante los micrófonos. No hubo golpes de raqueta, no hubo miradas desafiantes. Su rostro mostraba cansancio, pero también una calma extraña, como si la derrota hubiera abierto un espacio nuevo dentro de ella. Desde el primer momento quedó claro que no sería una comparecencia más, sino una confesión cuidadosamente medida.
“Si tuviera que entrar en ese momento una vez más, volvería a luchar a mi manera”, dijo con voz firme. Esa frase marcó el tono de todo lo que vendría después. No hablaba desde la rabia, sino desde la aceptación. Para muchos periodistas presentes, fue la primera vez que vieron a Sabalenka hablar de una derrota sin intentar vencerla con palabras.
La campeona reconoció que el Australian Open 2026 había sido, mentalmente, el torneo más duro de su carrera. Defender el número uno del mundo no fue solo una cuestión de tenis, sino de identidad. “Cuando eres la que todas quieren vencer, ya no juegas solo contra la pelota”, explicó. “Juegas contra la expectativa constante de no fallar nunca”.

Fuentes cercanas a su equipo revelaron que Sabalenka llegó a Melbourne con molestias físicas que no se hicieron públicas. No eran lesiones graves, pero sí persistentes, lo suficiente como para alterar entrenamientos y generar dudas internas. “Cada día se preguntaba si estaba escuchando a su cuerpo o traicionándolo”, confesó una persona de su entorno.
Durante el torneo, quienes la acompañaron notaron cambios sutiles. Menos música en los vestuarios, más tiempo a solas, conversaciones más cortas. “No estaba distante, estaba pensando”, explicó su entrenadora. Esa introspección contrastaba con la imagen explosiva que durante años definió a la bielorrusa en la pista.
En la rueda de prensa, Sabalenka agradeció explícitamente a quienes no se fueron cuando ella dudó de sí misma. “Hubo noches en las que no creía en mi propio tenis”, admitió. Según un miembro de su equipo, esa frase no fue improvisada. “La repitió varias veces en privado durante el torneo. Era una verdad que necesitaba decir en voz alta”.

Uno de los secretos que salió a la luz tras su eliminación fue una conversación mantenida la noche anterior al partido decisivo. Sabalenka habría dicho a su círculo más cercano: “No sé si hoy voy a ganar, pero sí sé que no quiero esconderme”. Esa mentalidad, lejos de garantizar el resultado, le dio una paz inesperada.
Cuando se le preguntó por el futuro, evitó palabras grandilocuentes. No habló de títulos inmediatos ni de revancha. En su lugar, insinuó un proceso de reconstrucción. “No es huir”, aclaró. “Es volver a aprender”. Esa distinción fue clave para entender el momento que atraviesa: no una caída, sino una reconfiguración.
Personas cercanas a la jugadora confirmaron que se avecinan cambios importantes, aunque discretos. Ajustes en su equipo técnico, una revisión profunda de su calendario y, sobre todo, un nuevo enfoque mental. “Quiere ganar sin perderse”, explicó alguien que participa en esas decisiones. “Eso es más difícil de lo que parece”.
En privado, Sabalenka habría sido aún más clara. “He sido fuerte toda mi vida”, dijo a una amiga tras el partido. “Ahora quiero ser honesta”. Esa frase resume un giro interno: la fuerza ya no entendida solo como potencia y resistencia, sino como coherencia emocional.
El impacto de sus palabras fue inmediato entre los aficionados. En redes sociales, muchos destacaron no la derrota, sino la madurez de su discurso. “Es la primera vez que la siento más humana que invencible”, escribió un seguidor. Ese cambio de percepción podría marcar una nueva relación entre Sabalenka y el público.

Exjugadoras y analistas también reaccionaron. Una ex campeona comentó que “las carreras largas se construyen en estos momentos, no en las victorias fáciles”. Otra añadió que “perder duele, pero perder con conciencia transforma”. Sabalenka, sin proponérselo, abrió un debate más amplio sobre salud mental y expectativas en el tenis femenino.
Lejos del ruido mediático, la tenista se tomó unos días sin raqueta. Caminó, habló poco y escuchó mucho. “Necesitaba silencio”, habría dicho. Ese silencio no fue vacío, sino fértil. Según su entorno, allí empezó a tomar forma la versión de Sabalenka que vendrá.
Antes de despedirse de la prensa, dejó una frase final, casi en un susurro: “A veces necesitas perder muy fuerte para saber quién quieres llegar a ser”. No fue una conclusión dramática, sino una constatación serena. En ese momento, más que una número uno herida, parecía una atleta en pleno proceso de redefinición.
El próximo capítulo aún no está escrito, pero algo es seguro: la Sabalenka que regrese a la pista no será exactamente la misma. Tal vez más silenciosa, tal vez más selectiva, pero probablemente más alineada consigo misma. Y mientras el mundo del tenis espera resultados, ella parece haber encontrado algo igual de valioso: claridad.
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