El Rod Laver Arena todavía vibraba por el último punto cuando el ambiente cambió de forma abrupta. Pedro Martínez, visiblemente alterado tras su derrota ante Novak Djokovic, no se dirigió a la red con la serenidad habitual. En su lugar, se giró bruscamente, señaló hacia el lado del campeón serbio y, a voz en grito, lanzó una acusación que dejó al público y a los oficiales paralizados durante varios segundos.
“¿Qué diablos está pasando? ¡Lo vi todo claramente!”, se escuchó decir a Martínez, según testigos cercanos a la pista. Sus palabras no parecían fruto de la frustración momentánea, sino de una convicción que llevaba acumulando durante el partido. El español insinuó que Djokovic había utilizado tecnología avanzada ilegal, algo que, de ser cierto, supondría una violación gravísima del reglamento del tenis profesional.
La reacción fue inmediata y caótica. Los jueces de silla intentaron calmar la situación mientras el público murmuraba, dividido entre incredulidad y sorpresa. Djokovic, por su parte, permaneció en silencio, con expresión seria, sin responder a las acusaciones en ese momento. El protocolo del torneo se activó de inmediato, y personal de seguridad acompañó a Martínez fuera de la pista para evitar que el incidente escalara aún más.

En la zona mixta, Martínez insistió en su versión. Exigió públicamente que Tennis Australia interviniera de urgencia y solicitó una investigación inmediata. Según él, había percibido “señales, gestos y tiempos de reacción” que no podían explicarse únicamente por la habilidad humana. Sus declaraciones, grabadas por varios medios, se viralizaron en cuestión de minutos, encendiendo un debate global.
Lo que pocos sabían en ese momento era que el español había planteado inquietudes similares de forma informal durante el partido. De acuerdo con una fuente cercana al equipo arbitral, Martínez habría preguntado en un cambio de lado si se estaba monitoreando adecuadamente el equipamiento electrónico permitido. La consulta no quedó registrada oficialmente, pero añade una capa de complejidad al estallido posterior.
Diez minutos después del incidente, la atención se desplazó a la sala de prensa. Craig Tiley, director del Australian Open, apareció ante los medios con semblante serio y un documento en la mano. La rapidez de su comparecencia sorprendió incluso a periodistas veteranos, acostumbrados a comunicados más pausados en situaciones controvertidas. El silencio en la sala era absoluto.
Tiley comenzó reconociendo la gravedad de las acusaciones. “Hemos tomado conocimiento de las declaraciones realizadas tras el partido”, dijo, midiendo cada palabra. Aclaró que el torneo cuenta con protocolos estrictos sobre el uso de tecnología y que todos los jugadores, sin excepción, están sujetos a los mismos controles antes, durante y después de los encuentros.
Luego llegó la frase que mantuvo a todos en vilo. “Tras una revisión preliminar inmediata, podemos afirmar que no existe ninguna evidencia de uso de tecnología ilegal por parte de Novak Djokovic”, declaró Tiley. La sala reaccionó con un murmullo contenido. Sin embargo, el comunicado no terminó ahí, y el director continuó ofreciendo detalles que pocos esperaban.
Tiley reveló que el torneo había revisado los sistemas permitidos, incluyendo sensores, dispositivos médicos autorizados y equipamiento del jugador. “Todo el material utilizado por el señor Djokovic cumple plenamente con el reglamento de la ATP y de la ITF”, afirmó. Añadió que cualquier insinuación contraria debía ser respaldada por pruebas concretas para avanzar a una investigación formal.

La parte más delicada del comunicado llegó al final. “Entendemos las emociones del momento, pero acusaciones públicas sin fundamento pueden dañar la integridad del deporte”, dijo Tiley. Confirmó que el torneo se pondría en contacto con Pedro Martínez para escuchar su versión en un entorno privado y evaluar si existía algún malentendido técnico o perceptivo.
Fuera de micrófono, fuentes de Tennis Australia revelaron que el incidente había sido tratado como un posible caso de “percepción errónea bajo estrés competitivo”. Según estas fuentes, no se detectó ninguna anomalía en los sistemas de monitoreo ni en los datos biométricos permitidos, algo que reforzó la postura oficial expresada por Tiley.
Mientras tanto, el equipo de Djokovic emitió un breve mensaje horas después, subrayando que el jugador “siempre ha competido dentro de las reglas” y que confiaba plenamente en los controles del torneo. Djokovic no hizo declaraciones directas ese día, una decisión interpretada por algunos analistas como una estrategia para no avivar la polémica.
El secreto que comenzó a emerger en las horas siguientes fue que el tenis moderno está cada vez más rodeado de tecnología legítima, desde análisis de datos hasta dispositivos médicos aprobados. Para algunos jugadores, esa frontera difusa puede generar sospechas, especialmente frente a rivales de élite con capacidades físicas y mentales extraordinarias.

Pedro Martínez, por su parte, publicó un mensaje conciliador al día siguiente, afirmando que sus palabras surgieron “desde la frustración y la confusión del momento” y que confiaba en los procesos del deporte. No se retractó completamente, pero sí suavizó el tono, reconociendo que el estrés de un Grand Slam puede distorsionar percepciones.
El episodio dejó una marca en el torneo y reabrió un debate incómodo sobre transparencia, tecnología y confianza en el tenis profesional. Aunque el comunicado de Craig Tiley cerró el caso a nivel oficial, la escena quedó grabada en la memoria colectiva como un recordatorio de lo fino que es el límite entre la genialidad deportiva y la sospecha en la era moderna.
Al final, más allá de la polémica, el Australian Open continuó su curso. Pero durante esos diez minutos, el tenis mundial contuvo la respiración, consciente de que una acusación lanzada en caliente podía haber cambiado la historia del deporte.