En una transmisión televisiva en vivo que se esperaba fuera un análisis deportivo habitual sobre la temporada de Fórmula 1, el ambiente se volvió eléctrico en cuestión de minutos. Franco Colapinto, el joven piloto argentino de 22 años que compite con el equipo Alpine, participaba como invitado en un programa especializado cuando, de forma inesperada, el presidente de Argentina, Javier Milei, intervino por llamada telefónica. Lo que comenzó como una conversación sobre el rendimiento en pista y las perspectivas para 2026 se transformó rápidamente en un enfrentamiento público que dejó al estudio en silencio y al público aplaudiendo con fuerza.
Milei, conocido por su estilo directo y sin filtros, no dudó en calificar a Colapinto de “traidor” al aire. El motivo: el piloto se había negado a sumarse a la campaña de concienciación LGBTQ+ promovida por la Fórmula 1 para la próxima temporada. La organización del campeonato ha impulsado desde hace años iniciativas de inclusión, diversidad y respeto, incluyendo eventos como la “Noche del Orgullo” y el uso opcional de brazaletes o logos arcoíris en los cascos y monoplazas durante ciertas carreras.

Colapinto, en entrevistas previas, había sido claro: “El deporte debe centrarse en el rendimiento en la pista, no en cuestiones políticas o movimientos sociales”. Sus palabras, aunque respetuosas, generaron división de opiniones en redes y medios.
Durante la transmisión, Milei intensificó el tono. “¡No podemos permitir que un argentino represente al país y dé la espalda a valores que promueven la libertad individual!”, exclamó, antes de lanzar el insulto que resonó en todos los hogares: “¡Traidor! Estás traicionando a la causa de la libertad al alinearte con la corrección política impuesta”. El conductor intentó mediar, pero el presidente continuó, acusando al piloto de hipocresía y de priorizar su imagen internacional sobre los principios que, según Milei, deberían defender todos los argentinos en el exterior.

El estudio quedó congelado. Los panelistas se miraban entre sí, sin saber cómo reaccionar ante la irrupción presidencial en un espacio deportivo. Sin embargo, Colapinto no perdió la compostura. Con la calma que lo ha caracterizado desde su debut en Williams y su paso a Alpine, esperó a que Milei terminara su intervención. Entonces, con voz firme pero sin alzar el tono, respondió: “Con todo respeto, presidente, siéntate, Barbie”.
La frase cayó como un rayo. El apodo “Barbie”, que algunos sectores de la oposición usan para burlarse del estilo personal de Milei —su cabello largo, su forma de expresarse y su imagen pública—, fue pronunciado por Colapinto con una ironía seca y precisa. No hubo gritos, no hubo insultos adicionales. Solo esas tres palabras que cortaron el aire y provocaron una ovación inmediata del público presente en el estudio. No aplaudían a Milei, sino a la respuesta del piloto: una lección de autocontrol, respeto y límite ante la presión política y mediática.
El momento se viralizó en segundos. En redes sociales, clips del intercambio acumularon millones de vistas. Muchos argentinos celebraron la actitud de Colapinto como un símbolo de independencia juvenil frente al poder. “Por fin alguien le puso un freno sin bajar al barro”, comentaban usuarios. Otros, fieles al presidente, lo acusaron de irrespetuoso y de faltarle al respeto a la máxima autoridad del país.
Pero lo innegable fue el impacto: por unos minutos, el debate político invadió el mundo de la Fórmula 1 y Colapinto emergió como figura central, no solo por su velocidad en pista, sino por su capacidad para manejar una situación de alto voltaje.
Franco Colapinto no es un novato en lidiar con presiones. Desde su llegada a Europa a los 14 años, dejando familia y país atrás para perseguir el sueño de la Fórmula 1, ha enfrentado críticas, dudas y la etiqueta de “piloto de pago”. Su ascenso meteórico —de reserva en Alpine a titular tras reemplazos inesperados— lo convirtió en ídolo nacional. En 2025, sus podios y puntos consistentes lo consolidaron como esperanza argentina en un deporte históricamente lejano al país.
Precisamente por eso, su negativa a participar en campañas que percibe como ajenas al deporte puro tocó una fibra sensible en un sector de la sociedad que ve en él un representante “auténtico”.
Milei, por su parte, ha hecho de la confrontación su sello personal. Sus intervenciones en temas deportivos no son nuevas: ha opinado sobre fútbol, tenis y ahora automovilismo, siempre con la misma intensidad. En este caso, la llamada pareció responder a una estrategia de mantener relevancia en temas culturales y de valores, especialmente en un año preelectoral donde la polarización se acentúa. Llamar “traidor” a un deportista joven y popular fue un riesgo calculado, pero la réplica de Colapinto lo dejó en una posición incómoda.
Tras el corte publicitario, el programa intentó retomar el hilo deportivo, pero el daño estaba hecho. El conductor elogió la madurez del piloto: “Acabamos de presenciar cómo se maneja la presión de alto nivel, no solo en un monoplaza a 300 km/h, sino frente a una cámara y un presidente”. Colapinto, sonriente pero serio, agregó: “Respeto las instituciones y al presidente como figura, pero creo que cada uno debe elegir sus batallas. Mi batalla es en la pista, defendiendo a Argentina con resultados, no con declaraciones”.
El episodio dejó varias lecciones. Primero, que el deporte de élite no está aislado de la política: cuando un piloto argentino destaca globalmente, inevitablemente se convierte en símbolo nacional y blanco de expectativas. Segundo, que la generación joven, representada por Colapinto, prefiere respuestas cortantes y elegantes antes que confrontaciones viscerales. Tercero, que en tiempos de polarización extrema, una frase como “siéntate, Barbie” puede silenciar un estudio entero y generar aplausos transversales.
Días después, Colapinto volvió a los tests de pretemporada con Alpine, enfocado en el desarrollo del monoplaza para 2026. En conferencias de prensa, evitó profundizar en el incidente: “Mi energía está en mejorar tiempos y sumar puntos. Lo demás queda para quienes les gusta el ruido”. Milei, por su cuenta, publicó en redes un mensaje ambiguo sobre “libertad de expresión”, sin mencionar directamente al piloto.
El episodio, sin embargo, quedará en la memoria colectiva. En un país acostumbrado a debates acalorados, ver a un deportista joven poner límites con inteligencia y sin perder la clase fue refrescante. Franco Colapinto no solo acelera en curvas; también sabe frenar cuando el debate se sale de control. Y en esa contención, ganó algo más valioso que un podio: el respeto de quienes valoran la compostura bajo fuego político.