El paddock de la Fórmula 1 vuelve a arder y esta vez el epicentro del escándalo no está en Red Bull, Ferrari o Mercedes, sino en Alpine. Una bomba mediática ha estallado tras las declaraciones y movimientos internos que rodean a Pierre Gasly, Jack Doohan y el joven talento argentino Franco Colapinto. Lo que parecía una simple convivencia entre experiencia y juventud se ha transformado en una lucha silenciosa, cargada de tensiones políticas, decisiones estratégicas y mensajes entre líneas que podrían cambiar el futuro inmediato del equipo francés.

Pierre Gasly, piloto experimentado y actual referente de Alpine, se encuentra en una posición delicada pero poderosa. Tras una temporada irregular del equipo, Gasly ha asumido un rol que va mucho más allá del volante. Sus opiniones pesan, sus gestos se interpretan y su respaldo —o falta de él— puede definir carreras. En este contexto, muchos dentro del paddock interpretan que Gasly ha comenzado a “poner la soga al cuello” de Jack Doohan, mientras que, de forma indirecta pero clara, ha mostrado simpatía y respaldo hacia Franco Colapinto.
Jack Doohan, hijo del legendario Mick Doohan, llegó a Alpine con un apellido pesado y una expectativa enorme. Su camino en las categorías formativas fue sólido, aunque no arrollador. Alpine apostó por él como proyecto a futuro, una inversión a mediano plazo que debía madurar bajo la sombra de Gasly. Sin embargo, el problema no ha sido solo el rendimiento, sino la percepción. En la Fórmula 1 moderna, no basta con ser rápido; hay que encajar políticamente, comunicarse bien, convencer a ingenieros, directivos y patrocinadores. Y en ese terreno, Doohan parece estar perdiendo terreno.
Las comparaciones internas han sido inevitables. Cada simulación, cada sesión privada, cada reporte técnico empieza a dibujar un escenario incómodo para el australiano. Fuentes cercanas al equipo señalan que Gasly ha sido cada vez más explícito en sus demandas sobre el perfil del piloto que quiere a su lado: alguien agresivo, adaptable, con hambre y sin miedo a asumir riesgos. Y aunque nunca lo ha dicho de forma directa, muchos entienden que Doohan no encaja del todo en esa descripción.
En paralelo, el nombre de Franco Colapinto comienza a sonar con más fuerza. El argentino ha construido su carrera paso a paso, sin atajos ni apellidos ilustres, pero con resultados contundentes y una mentalidad que enamora a ingenieros y jefes de equipo. Su adaptación rápida, su lectura de carrera y su capacidad para extraer el máximo del coche lo han puesto en el radar de varias estructuras, y Alpine no es la excepción. Lo que sorprende no es solo el interés del equipo, sino la actitud de Gasly frente a esta posibilidad.
En declaraciones recientes, Gasly ha hablado de la importancia de “tener pilotos jóvenes que no teman aprender rápido” y de “apoyar talentos que traen aire fresco al equipo”. Para muchos, estas palabras tienen destinatario. En redes sociales, Gasly ha interactuado con publicaciones relacionadas con Colapinto, algo que no ha pasado desapercibido. En la Fórmula 1, los likes también comunican, y este respaldo simbólico ha sido interpretado como una clara señal de preferencia.
La situación se vuelve aún más tensa cuando se analiza el contexto interno de Alpine. El equipo atraviesa una etapa de reconstrucción, con cambios en la dirección deportiva y una presión creciente por volver a ser competitivo. En este escenario, cada decisión cuenta, y apostar por el piloto equivocado puede costar años de desarrollo. Gasly lo sabe, y por eso su influencia es tan determinante. Él no quiere repetir errores del pasado ni cargar con un compañero que no sume puntos, desarrollo ni motivación.
Doohan, mientras tanto, se encuentra en una posición incómoda. Por un lado, sigue siendo parte del proyecto, con contrato y respaldo formal. Por otro, el silencio comienza a ser ensordecedor. No hay mensajes públicos de apoyo contundente, ni gestos claros desde el equipo. En la Fórmula 1, cuando empiezan los rumores y nadie los desmiente con fuerza, suele ser una mala señal. La presión psicológica aumenta, y cada error —por mínimo que sea— se magnifica.
El caso de Colapinto es distinto. Él no tiene nada que perder y mucho que ganar. Su nombre genera ilusión, especialmente en el mercado latinoamericano, algo que Alpine no ignora. Argentina vuelve a soñar con un piloto en la máxima categoría, y las marcas lo saben. Pero más allá del marketing, lo que seduce es su rendimiento. Su estilo agresivo pero inteligente encaja con la visión que Gasly ha dejado entrever. Un compañero que empuje, que compita y que obligue a ambos a ser mejores.
Este “escándalo” no es un conflicto abierto, sino una guerra fría. No hay gritos, pero sí miradas. No hay comunicados explosivos, pero sí silencios estratégicos. Gasly juega sus cartas con inteligencia, consciente de que su peso dentro del equipo le permite influir sin exponerse demasiado. Doohan, en cambio, parece atrapado en una narrativa que se le escapa de las manos. Y Colapinto avanza, paciente, esperando que la oportunidad se materialice.
En la Fórmula 1, el tiempo es cruel. Un par de decisiones pueden definir una carrera entera. Alpine deberá elegir si apuesta por la continuidad, por el apellido y la promesa, o si se arriesga con sangre nueva y hambre de gloria. Y aunque oficialmente nadie lo diga, muchos sienten que la balanza empieza a inclinarse.
El escándalo no está en una pelea pública, sino en la sensación de que todo se decide en despachos cerrados, con Gasly como figura clave. Su respaldo a Colapinto y su aparente distancia con Doohan han encendido todas las alarmas. El paddock observa, los medios especulan y los aficionados debaten. Lo único seguro es que Alpine está ante una encrucijada, y la próxima jugada podría cambiar el mapa de la Fórmula 1.
Mientras tanto, Doohan corre contra el reloj, intentando demostrar que merece el asiento y que puede silenciar las dudas. Colapinto sigue sumando méritos, sabiendo que en cualquier momento puede llegar la llamada. Y Gasly, con la experiencia de quien ya ha vivido de todo en la F1, mueve los hilos con frialdad. El escándalo está servido, y el desenlace promete ser tan dramático como impredecible.