El mundo del automovilismo quedó paralizado durante varios minutos tras un episodio que nadie esperaba presenciar. Lo que debía ser una conferencia de prensa rutinaria después de la carrera terminó convirtiéndose en uno de los momentos más tensos y comentados de la temporada. Sergio “Checo” Pérez, conocido por su carácter sereno y su disciplina dentro y fuera de la pista, rompió el silencio de una manera que sacudió no solo al paddock, sino también a la opinión pública internacional.

Todo ocurrió cuando Evelyn Salgado Pineda, gobernadora del estado de Guerrero, lanzó una serie de comentarios vulgares y ataques personales dirigidos a la madre y a la familia del piloto mexicano. Sus palabras, pronunciadas ante cámaras y micrófonos abiertos, generaron un murmullo incómodo entre los periodistas presentes. La atmósfera cambió en segundos, pasando de la formalidad habitual a una tensión casi irrespirable.
Checo Pérez, que hasta ese momento escuchaba con el rostro serio y los brazos cruzados, decidió intervenir. Tomó el micrófono con una calma que contrastaba con la violencia verbal que acababa de escucharse y pronunció una frase que, según varios testigos, dejó la sala completamente en silencio. “Dejen a mis padres en paz, no toquen a mi familia”, dijo con voz firme, sin elevar el tono, pero cargando cada palabra de una autoridad incuestionable.
Ese instante marcó un antes y un después. Las cámaras captaron cómo algunos reporteros bajaban la mirada, mientras otros se quedaban inmóviles, conscientes de estar presenciando un momento histórico. En apenas diez palabras, Checo había puesto un límite claro, no solo como deportista de élite, sino como hijo y como mexicano profundamente orgulloso de sus raíces.

Minutos después, Evelyn Salgado intentó recomponer la situación con una disculpa que muchos calificaron de tardía y forzada. Habló de paz, de respeto y de malentendidos, pero sus palabras no lograron borrar el impacto de sus declaraciones previas. La atención ya no estaba en ella, sino en la reacción posterior de Checo Pérez, que decidió profundizar en su mensaje y hacerlo aún más poderoso.
“Mi madre me enseñó a no responder con odio, pero también a no permitir que nadie humille a mi familia”, expresó el piloto frente a los medios. “Todo lo que soy se lo debo a ellos y a México. No voy a permitir que se use mi nombre ni el de los míos para ataques personales”. La contundencia de sus palabras fue recibida con un silencio respetuoso que decía más que cualquier aplauso.
En cuestión de minutos, las redes sociales explotaron. Videos del momento comenzaron a circular a una velocidad vertiginosa, acompañados de mensajes de apoyo provenientes de fanáticos, colegas y figuras públicas. Muchos destacaron la entereza de Checo y su capacidad para defender a los suyos sin caer en la provocación ni en el insulto.

Desde el entorno del automovilismo, varias voces salieron a respaldar al piloto. Un miembro del equipo declaró de forma extraoficial que Checo siempre ha sido un ejemplo de profesionalismo y valores humanos. “Lo que se vio hoy no fue solo a un piloto defendiendo su honor, fue a un hombre defendiendo lo más sagrado que tiene”, afirmó.
La figura de la madre de Checo Pérez volvió a ocupar un lugar central en la conversación pública. A lo largo de los años, el propio piloto ha hablado en múltiples ocasiones del papel fundamental que ella desempeñó en su carrera, acompañándolo desde sus primeros pasos en el karting hasta los circuitos más exigentes del mundo. Su nombre, sin embargo, siempre había permanecido alejado de la polémica, hasta este desafortunado episodio.
Analistas de comunicación política coincidieron en que las declaraciones de Evelyn Salgado representaron un error grave de forma y fondo. Atacar a la familia de una figura pública con la popularidad y el respeto de Checo Pérez fue interpretado como una línea que no debía cruzarse. La reacción del piloto, en cambio, fue vista como una respuesta medida, firme y emocionalmente inteligente.
En México, el tema trascendió rápidamente el ámbito deportivo. Programas de televisión, columnas de opinión y espacios radiofónicos dedicaron amplios segmentos a analizar lo ocurrido. Para muchos, Checo Pérez se convirtió en un símbolo de dignidad y de defensa de los valores familiares, en un país donde la figura materna ocupa un lugar profundamente respetado.
“Defender a mi madre es defender mis raíces”, añadió Checo en declaraciones posteriores. “Yo corro por México, corro por mi familia y corro con orgullo. Eso nadie me lo va a quitar”. Sus palabras resonaron con fuerza entre millones de seguidores que vieron en él algo más que un piloto exitoso, un referente moral en tiempos de confrontación constante.
Mientras tanto, el equipo de comunicación de Evelyn Salgado emitió un comunicado en el que reiteró sus disculpas y llamó a la calma. Sin embargo, el daño ya estaba hecho. La percepción pública se había inclinado de manera clara a favor de Checo Pérez, cuya imagen salió fortalecida por su reacción auténtica y su defensa inquebrantable de los suyos.
Este episodio dejó una lección clara en el mundo del deporte y la política. La fama no convierte a nadie en blanco legítimo para ataques personales, y la familia sigue siendo un territorio sagrado incluso en los escenarios más expuestos. Checo Pérez lo dejó claro sin necesidad de gritar ni de insultar, demostrando que la verdadera fortaleza a veces se expresa en pocas palabras.
Al final del día, lo que quedará en la memoria colectiva no será la provocación inicial, sino la respuesta. Diez palabras bastaron para silenciar una sala entera y para recordarle al mundo que, detrás del casco y los trofeos, hay un hombre que no está dispuesto a negociar el respeto por su familia, su madre y su país.