La madrugada posterior a la final del Abierto de Australia estuvo marcada por un rumor que corrió como pólvora entre periodistas y miembros del circuito. Según varias fuentes presentes en Melbourne Park, un integrante del entorno de Novak Djokovic habría solicitado formalmente a la ITIA una prueba antidopaje extraordinaria para Carlos Alcaraz. La petición, inesperada y cargada de tensión, sacudió los pasillos del torneo y abrió un debate inmediato sobre presión psicológica, rivalidades y límites éticos en el tenis moderno.
El nombre que apareció en el documento fue el de Boris Bošnjaković, presentado como parte del equipo del serbio, aunque la representación oficial de Djokovic evitó confirmarlo públicamente. La solicitud incluía referencias a supuestos videos de entrenamientos y partidos donde Alcaraz mostraba una velocidad “fuera de lo normal”, además de rumores sobre salidas nocturnas en Melbourne. Nada de esto fue verificado en ese momento, pero bastó para activar los protocolos de emergencia de la ITIA.
Una fuente cercana a la organización, que pidió anonimato, explicó: “Cuando llega una petición así, no importa de dónde venga. El procedimiento es claro: se evalúa y, si cumple los requisitos mínimos, se actúa. En este caso, se decidió hacer el control para evitar especulaciones”. Así, pocas horas después de la final, Alcaraz fue notificado y acompañado por oficiales antidopaje para someterse a un test completo.

Desde el entorno del español, la reacción fue inmediata. Su equipo aceptó el control sin objeciones, convencido de que la transparencia era la mejor respuesta. “Carlos no tiene nada que ocultar”, afirmó un miembro de su staff. “Entrena duro, descansa cuando toca y vive con disciplina. Todo lo demás son historias que alguien quiso inflar”. Aun así, el impacto emocional fue evidente, especialmente por el momento elegido: justo después de uno de los partidos más importantes de su carrera.
Mientras tanto, en la sala de prensa, comenzaron a circular versiones contradictorias. Algunos periodistas hablaban de una “ofensiva psicológica” previa a futuros enfrentamientos. Otros apuntaban a una estrategia para sembrar dudas en torno al joven campeón. Un veterano reportero europeo comentó en voz baja: “Esto no va de dopaje. Va de poder, de intimidación y de quién controla el relato”.
El llamado “secreto” empezó a emerger dos días después, cuando una persona vinculada a la ITIA reveló que las supuestas pruebas en video no mostraban nada fuera de lo habitual. “Eran clips normales: carreras laterales, cambios de ritmo, golpes defensivos. Exactamente lo que hace cualquier jugador de élite”, explicó. Sobre las acusaciones de fiestas nocturnas, la misma fuente fue tajante: “No encontramos absolutamente nada que respaldara eso”.

Dentro del vestuario, varios jugadores expresaron su incomodidad con la situación. Uno de ellos, que también pidió anonimato, confesó: “Si empezamos a pedir controles especiales cada vez que alguien juega demasiado bien, esto se vuelve una cacería de brujas. Hoy es Carlos, mañana puede ser cualquiera”. La sensación general era que se había cruzado una línea invisible, una que separa la competencia deportiva de la sospecha gratuita.
El desenlace llegó pocos días después. Los resultados del control antidopaje fueron completamente negativos. Carlos Alcaraz no presentó rastros de sustancias prohibidas ni irregularidades en sus parámetros biológicos. La noticia fue recibida con alivio por su equipo y con un silencio incómodo por parte de quienes impulsaron la solicitud. Según una fuente cercana al caso, incluso Boris Bošnjaković habría quedado “sorprendido” por la rapidez y claridad del informe.
Alcaraz decidió no alimentar la polémica. En una breve declaración, agradeció a la ITIA por su profesionalismo y reafirmó su compromiso con el juego limpio. “Entiendo que esto forma parte del deporte de alto nivel”, dijo. “Pero mi enfoque sigue siendo el mismo: entrenar, competir y respetar a mis rivales”. Sus palabras fueron interpretadas como un mensaje de madurez, especialmente considerando su corta edad.

Desde dentro del circuito, el episodio dejó una enseñanza incómoda. Un dirigente de una federación europea resumió así la situación: “El verdadero problema no es el control antidopaje. Eso es normal. El problema es usar insinuaciones sin pruebas para desestabilizar a un rival. Eso daña al tenis más que cualquier resultado”. Sus palabras reflejaron el sentir de muchos que vieron el caso como un precedente peligroso.
Hoy, con el polvo ya asentado, la comunidad del tenis mira hacia adelante. Carlos Alcaraz continúa su calendario con la tranquilidad de haber superado una prueba inesperada, mientras el debate sobre ética competitiva sigue abierto. Lo que comenzó como un rumor terminó revelando una verdad más profunda: en la élite del deporte, la presión no solo viene del otro lado de la red, sino también de las sombras que rodean al éxito.
Al final, este episodio dejó una cicatriz silenciosa en el circuito. Varios entrenadores coincidieron en privado en que la rivalidad no debe transformarse en sospecha. “Ganarle a alguien empieza en la pista, no en los despachos”, confesó un insider. Una frase que resume perfectamente el sentir del vestuario.