Max Verstappen atrajo la atención al instante al sostener un sencillo cartel con una pregunta impactante: “¿Crees que seré campeón del mundo en 2026?”. El gesto, capturado en una imagen que se viralizó rápidamente en redes sociales, no fue una declaración arrogante ni una provocación directa, sino algo más sutil y profundo: una invitación abierta al debate en un momento en que la Fórmula 1 se prepara para su mayor transformación en más de una década.
El neerlandés, cuatro veces campeón del mundo, no necesita gritar su ambición; le basta con plantear la duda para que el paddock entero comience a hablar de él.

La escena ocurrió en los días previos al arranque de la temporada 2026, justo cuando los equipos ultimaban detalles tras el shakedown en Barcelona. Red Bull había presentado su nuevo monoplaza con una decoración renovada que Verstappen aprobó públicamente, y el piloto había confirmado que luciría el dorsal número 3, un guiño nostálgico a sus inicios y al legado de Daniel Ricciardo en el equipo. Sin el número 1 en su coche por primera vez desde 2022, el cartel parecía subrayar esa transición.

No era solo una pregunta sobre su futuro; era un reconocimiento implícito de que el título de 2025 se le escapó por poco —apenas dos puntos— ante Lando Norris, y de que el panorama para el año siguiente está lleno de incógnitas.
La Fórmula 1 de 2026 representa un cambio radical. Los nuevos reglamentos técnicos introducen unidades de potencia más sostenibles, con mayor énfasis en la energía eléctrica y menos dependencia del combustible fósil, aerodinámica activa que promete batallas más intensas en pista, y la eliminación del DRS en favor de un “modo adelantamiento” que busca hacer las carreras más impredecibles. Los motores, ahora con un 50% de potencia eléctrica aproximada, nivelan en teoría el campo de juego. Equipos como Mercedes, que dominaron la era híbrida de 2014, llegan con expectativas altas gracias a su experiencia en esta tecnología.
McLaren, que recuperó el trono de constructores en 2025, aspira a consolidar su dominio con Norris y Oscar Piastri. Ferrari, con Lewis Hamilton buscando un octavo título histórico, y Aston Martin, con Fernando Alonso aún hambriento de gloria, completan un grupo de aspirantes serios.
En medio de este panorama, Red Bull entra en terreno desconocido. Por primera vez, el equipo austriaco desarrolla su propio motor en colaboración con Ford, tras años dependiendo de Honda. Las primeras pruebas en Barcelona generaron comentarios positivos de Verstappen, quien habló de un “buen comienzo” y de haber “golpeado el suelo corriendo”. Sin embargo, el consenso general en el paddock es que el power unit de Red Bull Powertrains podría necesitar tiempo para alcanzar la fiabilidad y potencia de Mercedes o incluso de Ferrari.
Expertos como Jan Lammers han advertido que el equipo podría conformarse con estar entre los tres primeros, algo que probablemente no satisfaga las exigencias de su piloto estrella.
Precisamente ahí radica el magnetismo del cartel. Verstappen no está pidiendo opiniones por inseguridad; lo hace porque sabe que la pregunta incomoda y obliga a reflexionar. En un deporte donde el talento individual puede marcar la diferencia incluso con un coche inferior, el neerlandés ha demostrado una capacidad de adaptación única. Recordemos su remontada brutal en la segunda mitad de 2025: de estar 104 puntos atrás, cerró con una racha de victorias y podios que le permitió pelear hasta la última carrera.
Ese instinto asesino, combinado con su dominio en simulador y su entendimiento táctico, lo convierten en el piloto más preparado para los cambios, según figuras como Riccardo Patrese, quien lo ve como el favorito indiscutible para 2026.
Las casas de apuestas reflejan esta dualidad. George Russell, con Mercedes, aparece como favorito en varios mercados con cuotas alrededor de +175 a +230, gracias al legado de dominio híbrido de su equipo y a su madurez como piloto. Verstappen ronda el +350 a +380, lo que implica una probabilidad del 20-23%, mientras que Norris cae a +700 o más. Sin embargo, muchos analistas coinciden en que subestimar al neerlandés es un error histórico. Su historial muestra que cuanto más complicado es el desafío, más letal se vuelve.
En 2026, con un coche que podría no ser el mejor al inicio pero que tiene margen de evolución, Verstappen podría repetir hazañas pasadas.
El cartel también genera debate sobre su psicología. Algunos lo interpretan como confianza serena: un campeón que no necesita proclamar su grandeza, sino que la pone en duda para que otros la defiendan o la cuestionen. Otros lo ven como un reto juguetón a sus rivales: “¿Realmente creen que pueden mantenerme atrás?”. En redes, las reacciones fueron inmediatas. Desde memes comparándolo con su versión más joven hasta análisis profundos sobre si Red Bull podrá darle un monoplaza digno de su talento. Lo cierto es que Verstappen, consciente de la presión, elige el momento perfecto para lanzar esa pregunta.
No es casualidad que ocurriera cuando las miradas empezaban a centrarse en Russell o en la posible sorpresa de Ferrari con Hamilton.
Más allá de las especulaciones técnicas, el gesto recuerda por qué Verstappen sigue siendo el referente. En una era donde los reglamentos intentan democratizar la competición, su presencia obliga a todos a elevar su nivel. Si Red Bull resuelve los problemas de motor y aerodinámica activa, el neerlandés podría reclamar el número 1 para 2027. Si no, su talento podría arrastrar al equipo más allá de lo esperado, como ya hizo en 2025. La pregunta del cartel no es solo sobre 2026; es sobre si la Fórmula 1 puede imaginar un futuro sin él en la cima.
Mientras los motores rugen en las primeras sesiones de pretemporada, esa frase sencilla sigue resonando. “¿Crees que seré campeón del mundo en 2026?”. Verstappen no espera una respuesta unánime. Le basta con que el mundo lo piense, lo discuta y, sobre todo, lo tema. Porque en el fondo, él ya sabe cuál es su propia respuesta. Y en la Fórmula 1, cuando Max Verstappen cree en algo, la historia suele darle la razón.