A lo largo de la gloriosa historia del Barcelona, la afición ha llorado la marcha de leyendas como Xavi, Iniesta y Messi. Pero quizás nunca antes habían sentido un vacío tan grande como cuando Íñigo Martínez dejó el Camp Nou. No por marcar goles ni por ser una estrella alabada por los medios. Más bien, Íñigo era el símbolo del espíritu de lucha, algo que el Barça va perdiendo poco a poco temporada tras temporada.

Tras llegar al Barcelona procedente del Athletic Club de Bilbao, Íñigo se ganó rápidamente la confianza de Hansi Flick y de toda la afición del Camp Nou. No necesitaba regates sofisticados ni disparos lejanos para impresionar. Su mirada fría, sus entradas decisivas y su forma de dominar la defensa bastaron para que lo llamaran “el último escudo del catalán”. A una edad en la que muchos otros centrales han empezado a perder ritmo, Íñigo lucha como un jugador nuevo, viendo siempre cada partido como una oportunidad para defender el honor de su amado club.

Hace un año, sorprendió al mundo al “tragarse” a Mbappé en la Champions League, controlar a Vinicius en el Clásico y dejar fuera a Bellingham durante 90 minutos. Pero entonces, todo aquello quedó en el recuerdo. Cuando el Al Nassr le hizo una oferta irresistible, el Barcelona, ya con problemas económicos, tuvo que dejarlo ir. Nadie lo culpó, pero nadie pudo olvidar ese arrepentimiento.

Desde la marcha de Íñigo, la defensa del Barça ha perdido el alma. Christensen estaba desorientado, Koundé perdió el rumbo y Araujo, a pesar de su fuerza, no pudo con todo. Al equipo le faltaba un líder, alguien que gritara para poner todo en su sitio. Y cada vez que el Barça encajaba un gol, los culés susurraban: “Ojalá estuviera Íñigo…”.
En el fútbol, hay contratos que duran solo un año, pero que dejan huella para toda la vida. Para el Barcelona, Íñigo Martínez es uno de ellos, un guerrero que no necesita un trofeo para ser recordado, porque ha grabado su nombre en el corazón de cada culé con sudor, sangre y lealtad.