El Abierto de Australia ha sido testigo de innumerables partidos dramáticos, remontadas épicas y campeones inolvidables, pero lo que ocurrió durante un partido de la fase de clasificación protagonizado por Zeynep Sönmez fue algo completamente distinto. No fue un golpe ganador ni un ace salvador lo que dejó al público en silencio, sino un acto espontáneo de humanidad que trascendió el deporte. En un torneo definido por la presión y la supervivencia, Sönmez recordó al mundo que la compasión puede importar más que cualquier marcador.
El momento llegó sin previo aviso. En medio de un peloteo intenso, una recogepelotas situada cerca de la línea de fondo se desplomó repentinamente sobre la pista, visiblemente en apuros. Al principio reinó la confusión. El juez de silla dudó, el público murmuró y la rival de Sönmez quedó paralizada al otro lado de la red. Entonces, sin esperar instrucciones de los oficiales ni del personal médico, Sönmez soltó la raqueta y corrió hacia la joven caída.
Testigos afirmaron después que no hubo cálculo alguno en su reacción, ni una mirada al juez de silla, ni preocupación por la situación del partido. Se arrodilló junto a la recogepelotas, le sostuvo la cabeza con cuidado y pidió ayuda a gritos. Las cámaras captaron cómo le tomaba la mano, le hablaba en voz baja y la protegía del sol con su propio cuerpo. En ese instante, el tenis desapareció por completo.

Lo que pocos sabían en ese momento era que Sönmez había vivido algo similar años atrás, durante su etapa junior, cuando una compañera se desplomó por un golpe de calor en un entrenamiento. Según personas cercanas a su entorno, ese recuerdo cruzó su mente en el segundo exacto en que vio caer a la recogepelotas. Fue un reflejo nacido de la empatía, no del reglamento. Más tarde, confesaría que ni siquiera pensó en una posible descalificación.
El personal médico llegó rápidamente y la recogepelotas fue retirada de la pista consciente, aunque visiblemente afectada. El estadio, que minutos antes vibraba con la tensión competitiva, quedó sumido en un silencio casi reverencial. Jugadores, árbitros y aficionados comprendieron que acababan de presenciar algo excepcional: un recordatorio sincero de humanidad en uno de los escenarios más exigentes del deporte.
El partido fue suspendido poco después, pero a casi nadie le importó el resultado. Las redes sociales se inundaron de vídeos del momento, no para analizar el tanteo, sino para elogiar la valentía instintiva de Sönmez. Aficionados de todo el mundo lo calificaron como “el punto más importante que nunca se jugó”. Incluso comentaristas veteranos admitieron que, de pronto, las reglas parecían irrelevantes.
Entre bastidores, los responsables de Tennis Australia mantuvieron conversaciones urgentes. Era muy poco habitual que una jugadora abandonara un partido en curso sin indicación oficial. Técnicamente, planteaba interrogantes. Emocionalmente, la respuesta parecía evidente. En cuestión de minutos, Craig Tiley, director del torneo y CEO de Tennis Australia, decidió dirigirse personalmente a los medios.
Cuando Tiley apareció ante los micrófonos, el ambiente era denso pero respetuoso. No comenzó citando normas ni procedimientos. Hizo una pausa, observó la sala y eligió cuidadosamente sus palabras, consciente de que su declaración tendría un impacto que iría mucho más allá de ese partido.

“Esta noche se nos recordó por qué existe el deporte”, dijo Tiley. “Zeynep Sönmez nos mostró que hay momentos en los que ser humano importa más que ser atleta”. Sus palabras resonaron en todo el estadio y fueron transmitidas en directo al mundo, provocando un aplauso espontáneo desde las gradas.
Luego llegó la parte más inesperada de su declaración, revelando un detalle desconocido hasta entonces. “Se me informó de que Zeynep recibió ayuda en una situación similar al inicio de su carrera”, explicó Tiley. “Esa experiencia marcó su reacción hoy. Esto no fue un acto para las cámaras. Fue instinto, empatía y valentía”. La revelación dio una nueva dimensión al suceso.
Tiley fue aún más claro respecto a las consecuencias deportivas. “Quiero ser absolutamente claro”, afirmó. “No habrá sanciones, penalizaciones ni consecuencias de ningún tipo por sus acciones. Al contrario, este torneo la respalda plenamente”. La contundencia de sus palabras eliminó cualquier duda y fue recibida con otra ovación.
Lo que ocurrió después fue igualmente revelador. Varios jugadores de pistas cercanas se acercaron discretamente a la zona médica para interesarse por la recogepelotas. Voluntarios se abrazaron entre sí. En las salas de prensa, muchos periodistas dejaron de lado las crónicas deportivas para contar una historia diferente, una historia sobre valores. Todo el evento parecía haberse detenido para reflexionar.

Más tarde esa noche, Sönmez habló por fin, lejos de los focos. Según los organizadores, pronunció una sola frase cuando le preguntaron por qué actuó así: “No vi a una recogepelotas, vi a alguien que necesitaba ayuda”. Esas palabras se difundieron casi tan rápido como el vídeo y se convirtieron en el corazón emocional del relato.
La recogepelotas, cuya identidad se mantuvo en reserva por su edad, se recupera favorablemente. En un mensaje transmitido a través de Tennis Australia, su familia expresó su agradecimiento no solo al equipo médico, sino especialmente a Sönmez. “Hizo que nuestra hija se sintiera segura cuando más miedo tenía”, decía el comunicado. “Nunca lo olvidaremos”.
En los días siguientes, el episodio generó un debate más amplio en el mundo del tenis sobre la compasión, la responsabilidad y la cultura de la hipercompetencia. Excampeones elogiaron a Sönmez por devolverle el alma al deporte. Aficionados pidieron que recibiera un reconocimiento especial, no por ganar partidos, sino por ganar corazones.
Avance o no en el torneo, el legado de Zeynep Sönmez en este Abierto de Australia ya está asegurado. En un momento en el que la victoria y la eliminación pendían de un hilo, eligió la humanidad sin dudar. Y como dejaron claro las palabras de Craig Tiley, esa elección será recordada mucho después de que se entregue el trofeo final.